La conversación con un cliente que más temes

Hay un momento en la vida de cualquier fotógrafo profesional que no aparece en los cursos, ni en los tutoriales de YouTube, ni en los libros de «cómo vivir de la fotografía». Un momento que llega siempre, antes o después, y que muchas veces decide más cosas que la propia foto.

Es esa conversación.

Sabes cuál te digo. La que llevas posponiendo desde hace dos semanas. La que has empezado a redactar en el móvil tres veces y has borrado otras tres. La que mientras conduces vas ensayando en voz alta como si fueras un actor mediocre repasando un guion: «Hola, mira, te quería comentar que… no, así no… A ver, lo que pasa es que…». Y al final te metes en casa, abres el portátil, y acabas haciendo cualquier cosa menos esa.

Es la conversación con el cliente que más temes.

Puede ser muchas cosas. Decirle que el precio ha subido. Decirle que no, que esa boda de ese fin de semana ya no la coges. Decirle que la entrega se va a retrasar. Decirle que lo que te está pidiendo no es lo que tú haces. Decirle que el presupuesto inicial se queda corto porque al final son tres ubicaciones y no una. Devolverle el dinero. Pedirle un anticipo que antes no pedías. Comentarle que el archivo en bruto, sin editar, no, no se entrega.

Lo curioso es esto: casi nunca la conversación es tan dura como tu cabeza la ha pintado. Y, sin embargo, dedicas más energía a no tenerla que la que dedicarías a tenerla.

Aquí va una observación que llevo años viendo desde mi silla y que creo que merece pararse en ella: el cliente, casi siempre, está mucho menos preocupado por esa conversación que tú. Tú llevas dos semanas dándole vueltas. Él la habrá pensado, como mucho, treinta segundos cuando le llegue tu mensaje. Tú estás imaginando su cara de decepción, su respuesta cortante, la review de una estrella, el «menudo profesional» que va a contar a sus amigos. Él, probablemente, va a leer tu mensaje entre dos correos del trabajo, va a pensar «vaya rollo» durante medio minuto, y luego va a contestar algo razonable. O va a discutir un poco, sí. Pero no va a quemar tu negocio.

Posponerla nunca la mejora. Solo te alarga el sufrimiento y, casi siempre, le añade ruido al cliente, que percibe que algo no va bien aunque no sepa qué.

Y aquí me toca contar algo que he aprendido en estos años de Arcadina, y que no aprendí leyendo libros sino tropezándome con el problema. En nuestros primeros años, le hacíamos más caso a los clientes que más se quejaban. A los que pedían con más insistencia una mejora, a los que escribían más correos, a los que llamaban más veces. Nos parecía lo lógico, lo amable, lo «buen rollo». Atender al que más levanta la mano. Quien más insiste, más razón tiene, ¿no?

Pues no.

Nos dimos cuenta, con bastante coste por el camino, de que aquello no estaba haciendo nuestro servicio mejor. Lo estaba haciendo peor. Porque lo llenábamos de funcionalidades que casi nadie necesitaba, mientras dejábamos esperando cosas que sí mejoraban la vida de la mayoría. Estábamos optimizando para la voz más alta, no para la mejor decisión. Y el resultado era un producto cada vez más complicado y unos clientes silenciosos —que eran la inmensa mayoría— a los que servíamos peor sin enterarnos.

Hoy sabemos decir «no» a muchas de esas peticiones. No con un portazo, sino con honestidad: las ponemos en una lista de espera, las valoramos todas con el mismo criterio, con un sistema interno donde cruzamos varias métricas para tomar una decisión más fría y más justa. Y aquí va lo importante: los clientes a los que les decimos «esto no lo vamos a hacer, y te explico por qué» nos respetan más que cuando les decíamos a todo que sí. Algunos al principio se enfadan. La mayoría agradece la claridad. Y casi todos siguen con nosotros.

Esa lección la pagamos cara, pero la pagamos una vez. Y vale para esto que te estoy contando: cuando dejas de tener miedo a esa conversación, dejas también de gestionar tu negocio según el termómetro de quien más se queja.

Si te paras a pensarlo, las conversaciones que más se posponen son siempre las mismas. «Te tengo que subir el precio.» Tú la vives como un atraco a mano armada; el cliente la vive como «vale, todo está más caro, ¿cuánto?». «No puedo coger tu boda.» Tú la vives como un feo imperdonable; el cliente la vive como «jo, qué pena, ¿y a quién me recomiendas?». «La entrega se retrasa.» Tú la vives como una mancha en tu reputación; el cliente la vive como «vale, ¿pero cuándo entonces?». «Esto que me pides no es lo que yo hago.» Tú la vives como perder un cliente; él la vive como «ah, pues mejor saberlo ahora». A nadie le gusta contratar al fotógrafo equivocado para algo importante.

Lo que de verdad mata en todas estas no es la mala noticia. Es el silencio que la precede. Quien avisa con tiempo, da una fecha nueva, explica por qué, y se planta con tranquilidad, sale reforzado. Quien deja al cliente preguntándose si lo has olvidado, no.

No soy de fórmulas mágicas, pero hay un par de construcciones que llevan años funcionándome. «Quiero contarte algo antes de que pase más tiempo.» Esta frase desactiva la mitad del problema antes de empezar. Le dice al cliente: te respeto lo bastante como para no esconderme. Y «prefiero ser claro contigo aunque no sea lo que esperabas oír». Esta es la versión adulta de «lo siento, no puedo»: reconoce que el otro tenía una expectativa, valida que es legítima, y a la vez te da permiso para mantener tu posición.

Pero por encima de las frases, hay una idea que para mí lo cambia todo, y que se la he dicho a más de un fotógrafo en estos años: si tú no te haces valer, nadie más lo hará. No el cliente. No el mercado. No el del Instagram que cobra la mitad. Nadie. Hacerte valer no es ponerte digno ni ponerte borde. Es decir lo que piensas con respeto, y mantenerlo. Es no rebajarte el precio porque el otro arruga la nariz. Es no entregar el RAW porque te insiste tres veces. Es no aceptar la sesión que sabes que no quieres hacer.

Y aquí está la parte que casi nadie cuenta del otro lado del miedo: la conversación que más temías suele dejarte una relación más fuerte que la que tenías antes. Tiene sentido si lo piensas. Antes de la conversación, vuestra relación se basaba en que todo iba bien. Después de la conversación, se basa en que aunque algo no fuera bien, supiste plantarte y resolverlo con respeto. Y eso, en cualquier negocio de servicios, vale oro. Porque todo el mundo es simpático cuando todo fluye. La diferencia se nota cuando algo cruje.

Los clientes que mejor hablan de un fotógrafo no son los que tuvieron la sesión perfecta. Son los que tuvieron un imprevisto y vieron cómo el fotógrafo lo gestionó. Eso es lo que cuentan en una cena. «Llovió y no te imaginas cómo lo solucionó.» «Hubo un lío con la entrega y me llamó él antes de que yo me enterara.» «Le pedí un cambio raro y me dijo que no, pero me explicó por qué y lo entendí.»

La conversación incómoda, bien hecha, no es un riesgo para tu negocio. Es probablemente uno de los mejores generadores de boca-oreja que existe. Pero solo si la tienes.

Si este domingo solo te llevas una idea, que sea esta: la conversación que llevas dos semanas posponiendo va a durarte quince minutos. La estás pagando, en estrés y en tiempo mental, mucho más cara de lo que vale.

Llámale hoy. O escríbele hoy. Verás cómo respiras distinto esta noche.

Hasta la próxima,

Félix Mezcua

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