Robert Capa: el «americano» que estuvo allí

10 Abr 2020

 

Robert Capa fotografiado en la cubierta del USS Chase

 

Robert Capa fotografiado en la cubierta del USS Chase

 

Indochina, mayo de 1954

En la primavera de 1954, Francia está a punto de fracasar en su intento por recuperar las colonias francesas de Indochina, tras casi 8 años de conflicto bélico con el Viet Minh de Ho Chi Minh.

Montado “de paquete” en un jeep, un fotógrafo dispara con una vieja Contax II cargada con película en blanco y negro, mientras un convoy del ejército francés, del que forma parte el vehículo, se adentra en una zona de campos llenos de espesa vegetación. Las últimas posiciones francesas están a punto de caer. La derrota de Francia es ya un hecho y el final de la guerra es inminente. No así la sangría que durante décadas asoló los territorios de la antigua Indochina Francesa (Vietnam, Camboya, Laos).

Las bombas y los disparos se oyen demasiado lejos y eso, para el fotógrafo, significa no estar lo bastante cerca de la acción para poder captar con su cámara el “momento decisivo”. Así que, aprovechando una breve parada del convoy, decide bajarse del jeep y adentrarse a pie entre la maleza con la intención de acercarse a una aldea lejana de la que solo distingue, desde su posición, a un pelotón de soldados franceses y algún que otro carro blindado. En su mano sostiene la vieja Contax, y de su cuello cuelga una Nikon S cargada con película Kodachrome.

John G. Morris: «¡Bob, no tienes por qué hacer ese trabajo, no es nuestra guerra!»

Pocas semanas antes, la revista Life se quedaba sin su fotógrafo en la zona, Howard Sochurek, quién tuvo que regresar a los Estados Unidos tras varios meses de corresponsal, cubriendo la guerra de Indochina, lo que llevó al editor Ray Mackland a buscar desesperadamente a un sustituto al que le ofrece 2.000 dólares por treinta días de trabajo en plena zona de conflicto. Pero, para el fotógrafo que se ha bajado del jeep, esos 2.000 dólares de remuneración no son la verdadera razón por la que finalmente decidió aceptar el contrato sin vacilar, a pesar de la advertencia de su amigo John G. Morris: «¡Bob, no tienes por qué hacer ese trabajo, no es nuestra guerra!». Nuestro protagonista no es ningún desconocido. Tampoco es la primera guerra que libra como reportero, aunque no sea «su guerra». Con tan solo 40 años es uno de los fotógrafos más codiciados del mundo, cofundador de la agencia fotográfica más importante e influyente de la Historia, y artífice de aquella famosa cita que dice «Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es porque no te has acercado lo suficiente». Bob no está allí por 2.000 dólares. Bob está allí porque necesita estar «lo suficientemente cerca».

 

Fotografía de Robert Capa en Indochina.

Fotografía de Robert Capa durante la guerra de Indochina. © Robert Capa / Magnum Photos

 

De repente, un potente sonido sordo altera la marcha del convoy, pero en verdad no sorprende a nadie. Los soldados saben perfectamente qué lo ha originado. Algún pobre desgraciado ha pisado dónde no debía. John Martin Mecklin, redactor, también para la revista Life, es el primero en llegar a la zona de la explosión. Bob, que todavía sostiene con fuerza la cámara en la mano, yace tirado en el suelo, inerte, con la pierna izquierda totalmente mutilada, y con el pecho abierto debido al impacto de la metralla. Balbucea algo, pero nadie consigue entender lo que dice. Lo evacuan rápidamente en una ambulancia militar, pero de poco sirve. Lo único que se puede hacer tras llegar al hospital es certificar su muerte con fecha 25 de mayo de 1954.

Tres semanas después, su cuerpo sería repatriado a los EEUU en una caja de madera con lo siguientes datos inscritos en ella: «Restos mortales. Robert Capa. Fotógrafo reportero. Muerto el 25-5-1954. Vietnam del Norte».

 

Última fotografía captada por Robert Capa

Última fotografía captada por Robert Capa momentos antes de pisar la mina que acabó con su vida. © Robert Capa / Magnum Photos

 

Pero los restos mortales que finalmente reposan en el cementerio de Amawalk (Nueva York, EEUU) son los de Endre Ernö Friedmann. La otra parte del mito Robert Capa descansa ya, desde 1937, en el cementerio del Père Lachaise de París, bajo una tumba esculpida por el propio Alberto Giacometti en la que se puede leer: «Gerda Taro, 1911-1937».

Todavía hay quién se sorprende cuando se entera de que uno de los sacrosantos nombres de la historia de la fotografía, Robert Capa, no existió como tal más allá del mito. Y los hay que llegan a palidecer cuando les cuentas que gran parte del material fotográfico atribuido a este imaginario fotógrafo norteamericano es, originalmente, obra de dos autores diferentes. La confusión es tal que, a día de hoy, todavía es un auténtico quebradero de cabeza atribuir la autoría original de cada fotografía de la primera etapa de Capa. Porque la historia de Robert Capa, miembro fundador de la prestigiosa Magnum Photos y famoso por ser el único fotógrafo presente en la primera oleada del desembarco de Normandía en 1944, es la historia de quiénes lo crearon, Endre Ernö Friedmann (Budapest, Hungría, 22 de octubre de 1913) y Gerta Pohorylle (Sttutgart, Alemania, 1 de agosto de 1910), conocida posteriormente con el pseudónimo de Gerda Taro.

Todavía hay quién se sorprende cuando se entera de que uno de los sacrosantos nombres de la historia de la fotografía, Robert Capa, nunca existió como tal más allá del mito. Y los hay que llegan a palidecer cuando les cuentas que gran parte del material fotográfico atribuido a este imaginario fotógrafo norteamericano es, originalmente, obra de dos autores diferentes.

 

El húngaro

Endre Ernö Friedmann nació en Budapest (Hungría) en otoño de 1913, en el seno de una familia judía acomodada. El interés por la fotografía le vino de la mano de la fotógrafa húngaro/holandesa Eva Besnyö con quién compartiría sus primeras experiencias fotográficas siendo los dos aún adolescentes. Pero sería su posterior amistad con el intelectual Lajos Kassák el punto iniciático de su trayectoria como fotógrafo. Kassák, además de ser escritor, pintor y editor, estuvo vinculado al movimiento socialista de principios de siglo, mostrando un interés especial por el constructivismo soviético, que le llevó a ejercer como una especie de mecenas para muchos artistas constructivistas de la época. En la fotografía vio el medio perfecto para mostrar y denunciar los atropellos del sistema capitalista, siendo Friedmann uno de sus pupilos al que, en cierto modo moldeó, ya no solo como artista, sino también como persona, dotándolo incluso de contactos y apoyo económico para que pudiera desarrollarse en su campo creativo.

 

Visado original de Endre Ernö Friedmann

Visado original de Endre Ernö Friedmann, ya con su nombre adaptado al francés: André Friedmann

 

Las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y el Crack de 1929, provocan el auge del fascismo en Europa, y Hungría no es ajena a esta situación. Tras la llegada al poder del gobierno fascista, Friedmann decide abandonar el país, con tan solo 18 años, y tras una breve estancia en Alemania, finalmente se instala en París dónde conoce al fotógrafo polaco David “Chim” Seymour, quién le daría la oportunidad de demostrar su valía como reportero gráfico, consiguiéndole un primer trabajo como ayudante de fotógrafo para la revista Regards que, por entonces, cubría las movilizaciones del Frente Popular. Pero Friedmann no tarda mucho en destacar, ya no solo por su talento como fotógrafo, sino también por su capacidad para estar «lo más cerca posible de una buena foto», llegándose a infiltrar como un supuesto obrero y ataviado con una pequeña Leica, en la conferencia que León Trotsky, ya exiliado, dio en Copenhague en 1932, captando unas imágenes que pasarían a formar parte de la Historia como documento gráfico imprescindible sobre la vida y el carisma del exdirigente ruso.

 

León Trotsky en la Conferencia de Copenhague de 1932

Fotografía captada por André Friedmann durante el discurso de León Trotsky en la Conferencia de Copenhague de 1932

 

La alemana

Gerta Pohorylle, así se llamaba realmente, nació en Stuttgart (Alemania) el 1 de agosto de 1910, aunque algunos datan su nacimiento en un año después. Sus orígenes, también judíos como los de Friedmann, la ubican en una familia burguesa de ascendencia polaca en la convulsa Alemania de principios del siglo XX. Siendo muy joven empezó a simpatizar con el socialismo y el movimiento obrero hasta el punto de renunciar a cualquier privilegio o comodidad familiar, lo que la llevaría a militar en diversos movimientos de izquierdas, opositores al auge del nazismo alemán. En 1933, poco después de la llegada de Hitler al poder, es detenida por hacer campaña contra el gobierno nazi y toda la familia se ve obligada a abandonar Alemania, reubicándose sus miembros en diversos países.

 

Gerta Pohorylle, conocida después con el pseudónimo de Gerda Taro

Gerta Pohorylle, conocida después con el pseudónimo de Gerda Taro

 

Gerta escapa a París y tras encadenar trabajos de camarera, niñera o mecanógrafa, consigue entrar como secretaria en la Alliance Photo dónde tomaría contacto con los entresijos del mercado fotográfico de aquella época. Es en este punto cuando nace su vocación por el periodismo y se convierte en Gerda Taro, emulando en la sonoridad de su nombre la de la actriz Greta Garbo, con la intención de simplificar y hacer más entendible su pronunciación y escritura en otros idiomas como el francés o el español.

Es en ese París, bohemio y vibrante, ajeno todavía al desarrollo y estragos del nazismo previo a la Segunda Guerra Mundial, dónde las vidas de Gerda Taro y Endre Ernö Friedmann convergen en una intensa y particular historia que iría mucho más allá del amor y la admiración que se profesaron mutuamente.

 

El fotógrafo americano

Gerda no tardaría mucho en desarrollar y poner en práctica los conocimientos de fotografía que su pareja le brindaba. Por su parte, Gerda, dotó a un rudo y descuidado Endre de los modales y la elegancia que le servirían para acceder y relacionarse con el movimiento intelectual y antibelicista del París de entreguerras.

Poco a poco, el vínculo emocional dio paso al profesional y ambos empezaron a ejercer como fotoperiodistas, firmando en un principio sus fotografías y artículos con sus propios nombres, el ya afrancesado André Friedmann y Gerda Taro. Pero no tardarían en experimentar la dificultad para abrirse camino como reporteros independientes, siendo prácticamente imposible acceder a los encargos más importantes de las agencias de prensa que, por regla general, solían preferir a periodistas y fotógrafos más experimentados y, sobretodo, mejor reputados.

Diferentes estudios biográficos sitúan a Gerda como artífice de la ingeniosa estrategia que les cambió la vida. Hartos ya de ver pasar ante sus narices las mejores oportunidades laborales sin poder optar a ellas, y ante la necesidad urgente de ingresos para poder mantener su nivel de vida en la cosmopolita París de los años 30, Gerda plantea el dilema: ¿A qué trabajos podrían optar dos jóvenes desconocidos en aquellos tiempos difíciles, sin experiencia, sin recomendaciones y, para más inri, judíos?

 

Gerda Taro y André Friedmann

Gerda Taro y André Friedmann

 

Así que gestan un plan que consiste en crear un personaje ficticio al que venden a las agencias de prensa y fotografía ubicadas en París, como un afamado y notable fotógrafo norteamericano desplazado a Europa para cubrir los diferentes acontecimientos que se están gestando en el viejo continente y que mantienen en vilo a los EEUU, por sus posibles repercusiones mundiales. Su nombre, Robert Capa, pseudónimo con el que, tanto Friedmann como Taro firmarían a partir de entonces sus crónicas fotográficas y cuya representación en la realidad sería encarnada por el propio Friedmann.

Robert Capa, pseudónimo con el que, tanto Friedmann como Taro firmarían a partir de entonces sus crónicas fotográficas y cuya representación en la realidad sería encarnada por el propio Friedmann.

Sin duda, el experimento funcionó, porque fue a partir de ese momento cuando vinieron las ofertas laborales. Todo el mundo empieza a interesarse por el trabajo de un misterioso y famoso americano llamado Robert Capa, desplazado a suelo europeo, que accede con cierta facilidad a los encargos de las agencias por el triple del precio al que podrían optar dos muertos de hambre como Friedmann y Taro.

 

Photo Capa

En julio de 1936 estalla la Guerra Civil Española y el binomio Robert Capa decide viajar a España, tan solo un mes después de la sublevación militar, motivados por la aventura, la novedad y la particular idiosincrasia del conflicto y, por supuesto, sus fuertes convicciones políticas en defensa de La República y la lucha contra el fascismo. Se instalan en Barcelona dónde las milicias republicanas se entrenan para el combate y es allí dónde Gerda dispara con su Rolleiflex la famosa fotografía, en formato cuadrado, publicada por la revista Vu, en la que una combatiente republicana con la rodilla en el suelo y zapatos de tacón practica el tiro con un revólver.

 

Icónica fotografía captada por Gerda Taro

Icónica fotografía captada por Gerda Taro a principios de la Guerra Civil Española

 

Sin embargo, para André Friedmann, aquella no era la primera vez que pisaba suelo español. Ya en la primavera de 1935, y también por encargo de la revista Vu, Friedmann había fotografiado en Madrid al coronel Emilio Herrera en su intento por batir el récord de altitud con un innovador traje estratosférico que supuso la base de las futuras indumentarias espaciales. Fue durante aquella estancia en España, previa a la contienda, cuando fotografió la Semana Santa y la Feria de Abril de Sevilla con su recién estrenada Leica III, la pequeña cámara que, en 1937, regalaría a Gerda, cuando él optó por la moderna Contax II que le acompañaría a lo largo de los sucesivos años hasta el fatídico día de mayo de 1954.

En aquellos primeros días de la guerra, la verdadera batalla se estaba librando en Andalucía y es allí dónde Friedmann y Taro se desplazan buscando estar cerca de la acción. Es en las cercanías de la localidad cordobesa de Espejo dónde se produce la toma de la famosa fotografía Muerte de un miliciano, en la que se muestra a un combatiente del bando republicano cayendo de espaldas en el momento justo de haber sido abatido por una bala. La imagen, todo un símbolo de la contienda española, sería publicada por primera vez en un reportaje de la revista Vu, el 23 de septiembre de 1936, pero no sería hasta un año después cuando alcanzaría su estatus de imagen icónica del siglo XX tras su aparición en la revista Life, el 12 de julio de 1937.

 

Muerte de un miliciano, una de las fotografías más icónicas de la historia de la fotografía. © Photo Capa

 

Muerte de un miliciano es, sin duda, una de las fotografías que más controversia y polémica ha originado a pesar de ser considerada como una de las mejores imágenes de guerra de todos los tiempos. Actualmente todavía sigue siendo un misterio la identidad del supuesto miliciano abatido, a pesar de que diversas investigaciones recientes llegan a ponerle nombre, Federico Borrell García “El Taino”, aunque esto no haya podido ser corroborado al cien por cien. La autenticidad de la muerte del miliciano también ha provocado opiniones contrapuestas, siendo considerada por muchos como una imagen preparada en la que, lo que realmente se fotografió, fue el resultado de una teatralización.

Pero la discusión sobre Muerte de un miliciano ha ido más allá de si es o no un montaje, porque una de las consecuencias de la creación del personaje de Robert Capa fue, y continúa siendo, la dificultad para atribuir la verdadera autoría de esta imagen…

Pero la discusión sobre Muerte de un miliciano ha ido más allá de si es o no un montaje, porque una de las consecuencias de la creación del personaje de Robert Capa fue, y continúa siendo, la dificultad para atribuir la verdadera autoría de esta imagen, como la de otras tantas disparadas por André Friedmann y Gerda Taro durante los dos primeros años de la Guerra Civil Española. Al fin y al cabo, Robert Capa era todavía, en aquella época, una marca que servía para poder colocar y vender sus fotos, firmadas en el reverso con el sello Photo Capa que les otorgaba prestigio. Pero muchos testigos que compartieron vivencias con Gerda y André durante aquellos años comentaron, posteriormente, que no era nada extraño verlos compartir la misma cámara en sus reportajes fotográficos y, además, el tipo de encuadres y composición de aquellas imágenes que sí han podido ser identificadas como fotografías exclusivas de Gerda Taro eran prácticamente similares a las otras firmadas como Photo Capa o Capa y Taro.

Con el paso de los meses la relación entre Taro y Friedmann se va deteriorando. Gerda empieza a ser valorada como fotógrafa al margen del sello Capa y ello le lleva a priorizar su desarrollo profesional por encima de cualquier compromiso sentimental con André, quién parece ser, tiene intención de casarse con ella. Sus últimas imágenes juntos serían un reportaje para la revista Regards para un congreso de escritores. A partir de entonces se produce el distanciamiento entre ambos y André Friedmann se quedaría en exclusiva el nombre de Robert Capa con el que sería conocido hasta el fin de sus días.

Pero la historia de estos dos amantes comprometidos hasta la médula con su vocación y sus convicciones ideológicas todavía tenía que dar un vuelco final.

 

El pequeño zorro rojo

En julio de 1937, las tropas del Ejército Popular de la República están a punto de culminar con éxito su ofensiva en la conocida como la Batalla de Brunete, con la intención de acabar con las fuerzas sublevadas franquistas y la presión que estas estaban ejerciendo sobre Madrid. La victoria ya se respiraba en el ambiente, pero el bando sublevado se rearmó en la zona centro del país, lanzando una dura contraofensiva  sobre las tropas republicanas que dio lugar a uno de las enfrentamientos más sangrientos de la Guerra Civil Española, en el que tuvieron un papel decisivo el uso de carros de combate y la estrategia de estos empleada en el campo de batalla. Tanto el bando republicano como el bando nacional sufrieron un número incalculable de bajas, pero fueron, sin duda, las tropas de La República las que padecieron los mayores estragos, obligadas a retirarse mientras eran masacradas por los aviones de la Legión Cóndor y el uso de artillería pesada por parte del ejército franquista.

 

Gerda Taro, la chica de la Leica

Gerda Taro, apodada como «el pequeño zorro rojo», pero también conocida como «la chica de la Leica»

 

Gerda Taro y el escritor y periodista Ted Allan, en medio de la retirada, se suben a los estribos laterales del Chevrolet Matford del general de las Brigadas Internacionales Walter. El caos y la desesperación es latente y Gerda no pierde detalle con su Leica. De repente un carro blindado T-26, del mismo bando republicano, invade la carretera obligando al conductor del vehículo en el que van montados los dos reporteros a maniobrar bruscamente, provocando la caída de estos a los pies del tanque. Ted Allan consigue esquivar el blindado, pero Gerda no tiene la misma suerte y es destripada por las cadenas del T-26.

Gerda Taro, el pequeño zorro rojo”, como la apodaban muchos, moriría al día siguiente en un hospital de campaña a tan solo un mes de cumplir 27 años. El mismo Rafael Alberti se encargaría de organizar su funeral en España y más tarde, tras ser trasladado su cuerpo a París, sería enterrada en el cementerio de Père Lachaise tras un multitudinario desfile en su honor. El mismo Alberto Giacometti, amigo de Gerda y André sería el encargado de esculpir su tumba, formada por un bloque de hormigón inscrito con su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte, y acompañado por las figuras de una copa y un halcón. Cuentan los presentes que André Friedmann, ya convertido para siempre en Robert Capa, recorrió el trayecto hasta el cementerio en primera fila de la comitiva, llorando desconsoladamente, totalmente destrozado por la pérdida de quién marcó para siempre su vida. Gerda Taro no solo fue su amante y compañera. Gerda Taro esculpió al nuevo André Friedmann cuando este no era más que un ambicioso aspirante a fotógrafo y lo convirtió en el mito que marcaría la historia de la fotografía periodística. Gerda Taro creó a Robert Capa.

 

Muerte y entierro de Gerda Taro

Recortes de la prensa parisina de 1937, informando de la muerte y entierro de Gerda Taro

 

Invisibilizada, no solo por ser mujer y comunista, sino por el hecho de quedar oculta tras la alargada sombra de su propia creación, ha tenido que pasar casi un siglo para que la figura de Gerda Taro sea reconocida con la importancia que se merece. No en vano estamos hablando de la que se considera como la primera mujer fotorreportera de la Historia que pisó y murió en un campo de batalla.

Invisibilizada, no solo por ser mujer y comunista, sino por el hecho de quedar oculta tras la alargada sombra de su propia creación, ha tenido que pasar casi un siglo para que la figura de Gerda Taro sea reconocida con la importancia que se merece.

A principios del año 2018, en plena era digital, una fotografía compartida en Twitter desencadena un auténtico revuelo. En ella se puede ver, en blanco y negro, a una mujer tumbada en el suelo, mientras un sanitario le limpia la sangre de la cara. Esta imagen, publicada por el general británico retirado Sir John Kiszely, hijo de un médico húngaro, Janos Kiszely, que estuvo con las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española, fue tomada en el hospital militar de Torrelodones momentos después del fatal accidente de Gerda Taro y se sospecha que la mujer malherida, tal vez ya fallecida, que aparece en la foto es la misma Taro, recibiendo las atenciones del, por entonces joven, Dr. Janos Kiszely. A pesar de la confusión originada por una anotación en el reverso de la fotografía y algunos datos contradictorios, el hecho de que el propio Kiszely padre reconozca, en un entrevista hallada en un archivo de guerra, haber atendido a Gerda Taro durante la Batalla de Brunete y algunas coincidencias en los relatos que se conservan de aquella época, han llevado a pensar que, posiblemente, sí sea la última imagen que se conserva de Gerda Taro. Pero al igual que el misterio de la gestación de Muerte de un miliciano, esta será una incógnita más a añadir a la singular y extraordinaria historia que envuelve la controvertida figura de Robert Capa.

 

El Dr. Janos Kiszely y posiblemente Gerda Taro

El Dr. Janos Kiszely atendiendo a una mujer malherida en 1937 que podría ser Gerda Taro

 

Bob Capa

Dos hitos marcarían la posterior trayectoria de Robert Capa, Bob” para sus amigos. En el ámbito periodístico, sin duda, su aventura como reportero gráfico durante el desembarco aliado en Normandía el 6 de junio de 1944 y en el ámbito empresarial, la fundación, junto a los fotógrafos Henri Cartier-Bresson, Chim” Seymour, George Rodger, Bill Vandivert y las menos conocidas Maria Eisner y Rita Vandivert, de la famosa y longeva agencia Magnum Photos.

La participación de Robert Capa durante el desembarco de Normandía tampoco está exenta de polémica. A bordo de una de las barcazas que partieron de Inglaterra para recorrer el Canal de la Mancha rumbo a Francia durante la madrugada del 6 de junio de 1944, Capa es el primer fotógrafo que desembarca en el punto clave Omaha con las primeras luces de la mañana, metido de lleno en la primera oleada del ataque aliado que fue la que recibió el mayor impacto de las defensas alemanas apostadas y protegidas tras las enormes fortificaciones construidas a lo largo de todo el perímetro de la costa.

La historia conocida cuenta que Capa disparó unas 100 tomas a lo largo de una hora y media agónica, con las balas silbando a su alrededor, entre el fuego de mortero y artillería, lo que se percibiría perfectamente en las impactantes imágenes resultantes, llenas de nervio, movidas, e incluso desenfocadas, factores que todavía les inferiría un carácter más dramático. Tras el combate, en la sede londinense de la revista Life cunde el pánico tras no recibir ninguna noticia de Capa y algunos lo llegan a dar por muerto tras recibir el testimonio de un sargento norteamericano que asegura haber visto el cuerpo de un hombre ataviado con un equipo fotográfico flotando en el agua entre el reguero de cadáveres esparcidos a lo largo de la playa. Pero al día siguiente, un motorista se presenta en las oficinas de Life y entrega un paquete que contiene varios carretes. Son las ansiadas fotografías tomadas por Robert Capa durante el desembarco en Francia.

La historia conocida cuenta que Capa disparó unas 100 tomas a lo largo de una hora y media agónica, con las balas silbando a su alrededor, entre el fuego de mortero y artillería, lo que se percibiría perfectamente en las impactantes imágenes resultantes, llenas de nervio, movidas, e incluso desenfocadas, factores que todavía les inferiría un carácter más dramático.

Rápidamente, el editor John G. Morris ordena a uno de sus empleados que se meta en el laboratorio y revele todos los negativos. Pero, al parecer, con las prisas y el estrés de la situación, gran parte del material revelado se funde en la secadora debido a un exceso de calor, con lo cuál solo consiguen salvarse 11 fotografías, las conocidas como The Magnificient Eleven (Las Once Magníficas) y que tras su publicación se convertirían, a pesar de su evidente falta de calidad, en uno de los documentos gráficos más importantes tomados nunca durante un combate, únicas imágenes que se conocen del momento exacto del primer acto del desembarco de Normandía. Todo un hito del fotoperiodismo.

 

The Magnificient Eleven (Las Once Magníficas)

The Magnificient Eleven (Las Once Magníficas)

Dos de las «Once Magníficas»

 

Pero algunos investigadores han puesto en duda, no la veracidad de las fotografías tomadas por Capa, sino más bien la historia que acompaña a todo lo acontecido en la obtención de esas imágenes, dentro y fuera de la playa de Omaha. Por un lado se sospecha que la historia del fundido de negativos fue solo una estratagema de Life para ocultar el hecho de que Capa disparara durante el desembarco un número de fotos considerablemente inferior a lo que cuenta la versión oficial, y que con los nervios de la situación no introdujera correctamente los carretes Kodak en la Contax II que utilizó, lo que explicaría las muescas del negativo original atribuidas por la revista Life al fundido del material en la secadora. Por otro lado, algunos testimonios no lo ubican en la primera oleada que desembarcó en Omaha, pero sí acompañando a un grupo de ingenieros encargados de volar los obstáculos que cubrían la playa de Colleville-sur-Mer.

No obstante, y al margen de especulaciones, las fotografías obtenidas por Robert Capa durante el desembarco de Normandía son parte ya, no solo de la historia de la fotografía, sino de la Historia en sí misma. Una Historia necesitada de iconos que den sentido y credibilidad a algunos de sus pasajes más fascinantes y no por ello menos controvertidos.

Dos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial nace Magnum Photos, a caballo entre Nueva York y París, bajo la premisa del propio Capa de «estar en el lugar adecuado en el momento oportuno». La agencia Magnum no solo marcó el auge de la fotografía periodística a partir de entonces, sino que revolucionó la manera de mostrar el trabajo de sus fotógrafos, incidiendo por primera vez en la necesidad de proteger los derechos de los autores de las fotografías, cuyos nombres tendrían prioridad por encima del de la propia agencia que los contrataba. Además, dio libertad a sus fotógrafos para proponer y escoger sus propios proyectos fotográficos repartidos por todo el mundo, lo que repercutiría en una amplia variedad de temáticas con unos resultados y una calidad técnica y humana hasta entonces no vistos, ganándose no solo la implicación profesional de sus fotorreporteros, sino también el vínculo emocional con la agencia que les acogía en tan envidiables condiciones de trabajo.

 

Robert Capa, David "Chim" Seymour, Henri Cartier-Bresson y George Rodger

De izquierda a derecha: Robert Capa, David «Chim» Seymour, Henri Cartier-Bresson y George Rodger, miembros fundadores de Magnum Photos

 

73 años después, Magnum Photos continúa siendo uno de los referentes más importantes de la historia fotográfica, que ha sabido adaptarse a los tiempos sin perder su esencia. Su plantilla, que cada año crece con nuevas incorporaciones, la forman la flor y nata del fotoperiodismo, y su legado, a lo largo de todos estos años, es un descomunal ejercicio de documentación fotográfica de los acontecimientos más importantes de la Historia desde la segunda mitad del siglo XX.

En mis artículos sobre fotografía incido mucho en la peculiaridad que transmite todo acto fotográfico. Nunca he considerado la fotografía como una especie de “prueba de vida” irrefutable sino más bien como una imitación de la realidad en la que tiene mucho más que ver la percepción de esta por parte de quién ejecuta esa imitación, sea con la técnica que sea, que con la veracidad de lo fotografiado. Reconozco que me fascina esa delgada línea roja entre la verdad y la mentira en la que se mueve la fotografía. Y no me refiero al recurso fácil sobre la “sencillez” para manipular imágenes con los actuales procesos digitales, los cuáles, para ser justos, solo se diferencian de los analógicos por una cuestión de rapidez y capacidad de producción en cadena. Lo obvio no es lo que me interesa. Sí en cambio lo que no es tan claramente perceptible. Lo que se intuye en el discurso de cada imagen que veo, algunas veces con claridad, otras de una manera mucho más sutil. Me interesa la subjetividad que hay impresa en cada fotografía, sea con o sin retoque, simplemente porque el concepto de objetividad, aparte de que no tiene cabida en nuestro mundo, por mucho que se reivindique, sinceramente, me resulta mucho más aburrido.

En este caso, la delgada línea roja no está solo en las fotografías que vemos, sino en la historia de los mismos autores de éstas. ¿Qué hay de verdad y qué hay de ficción tras el nombre de Robert Capa…?

Todo ello conecta con mi fascinación por la historia de André Friedmann y Gerda Taro. Porque en este caso, la delgada línea roja no está solo en las fotografías que vemos, sino en la historia de los mismos autores de éstas. ¿Qué hay de verdad y qué hay de ficción tras el nombre de Robert Capa? Y sin duda la pregunta clave… ¿acaso importa?

En 1995, entre las pertenencias del general Francisco Javier Aguilar González, quién había sido miembro de la diplomacia mexicana en Francia entre 1940 y 1942, se hallaron tres cajas envueltas en una bolsa de plástico que contenían abundante material fotográfico. A este hallazgo se le conoce como “La Maleta Mexicana”: más de 4.000 negativos inéditos, disparados por Robert Capa, Gerda Taro y David “Chim” Seymour durante la Guerra Civil Española.

 

La Maleta Mexicana

Contactos de algunos de los negativos inéditos encontrados en «La Maleta Mexicana»

 

Casi siete décadas antes, un joven André Friedmann se veía obligado a huir de París ante el avance del ejército nazi sobre Francia, por miedo a acabar en un campo de concentración por su doble condición de judío y simpatizante comunista. Más tarde, ante la persecución del régimen de Vichy, su ayudante y también fotógrafo, Emérico Weisz “Chiki” lograría salvar el material fotográfico que Friedman había dejado en su estudio de París tras su huida. Chiki metería más de 4.000 negativos en una mochila y con ellos viajaría en bicicleta hasta Marsella, dónde consiguió entregar el contenido al general Francisco Javier Aguilar González quién tendría un papel fundamental en los acuerdos franco-mexicanos con el gobierno de Vichy, que permitirían la salida de Francia de muchos refugiados españoles. Tras esto, “Chiki” Weisz sería detenido y enviado a un campo de concentración al norte de África del que conseguiría escapar varios meses después y viajar hasta México, dónde se estableció definitivamente, casándose con la pintora Leonora Carrington y trabajando como fotoperiodista, totalmente ajeno al destino que sufrió la mochila con los negativos salvados del estudio de André Friedmann, conocido por obra y gracia de Gerda Taro como Robert Capa.

 

Retrato de Robert Capa para la revista Life

Retrato de Robert Capa para la revista Life

 

@bernatgu


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