Selfie

8 Mar 2020

 

Selfie

 

Hay en Internet un debate sobre la autoría del primer selfie de la historia” (pongamos comillas, por favor) y el marco temporal en el que este se obtuvo. El debate, más allá de romperle los esquemas a algún millennial al situar la primera acción atribuible al término anglosajón selfie fuera del siglo XXI y sin opción de carga en Instagram, conlleva otro debate secundario (o quizás sea el principal) sobre la definición correcta de lo que se supone que es un selfie.

El selfie de la Byron Company

La historia más conocida, y posiblemente la más coherente con el término actual, es la de los fotógrafos de la Byron Company, los cuales, en diciembre de 1920, supuestamente se autofotografiaron en grupo en una azotea de Nueva York sosteniendo a mano una cámara con el objetivo apuntando a ellos mismos, tal cuál hoy hacemos con cualquier smartphone, pero con la diferencia de que estos nos caben en la palma de una mano (algunos) y la cámara utilizada entonces era un artefacto bastante más grande y rudimentario.

 

El primer selfie de la historia

El supuesto ‘primer selfie de la historia’, realizado por Joseph Byron y su equipo de la Byron Company en 1920.

 

Pero sin duda, lo que le da a este suceso una relevancia especial no es la foto en sí obtenida por la cámara del selfie, sino más bien otra fotografía disparada desde un ángulo lateral en la que se puede ver a los protagonistas en plena faena en lo que, ya puestos, podría considerarse también como el primer “making of de la historia” de un selfie. Es sin duda esa segunda imagen la que complementa y llena de transcendencia lo ocurrido en aquella azotea del Manhattan en los años 20 del siglo pasado, al mostrar desde otra perspectiva como se gestó ese selfie, seguramente sin que los protagonistas fueran conscientes de estar ante un momento que adquiriría una dimensión tan relevante 100 años después en una sociedad sin más memoria histórica que lo acontecido en una única era: la de las redes sociales.

 

Making of del primer selfie de la historia

Making of del primer selfie de la historia.

 

Estas dos fotografías, junto a otro autorretrato del mismo Joseph Byron (el del sombrero tipo bombín en primer plano), fotógrafo y fundador de la Byron Company, que realizó del mismo modo y que incluso algunos fechan en años anteriores, se conservan actualmente en el Museo de la Ciudad de Nueva York.

 

El pionero

La otra historia en cuestión es la del pionero de la fotografía Robert Cornelius y de una imagen que actualmente guarda celosamente la Librería del Congreso de los Estados Unidos. Se trata de un autorretrato tomado en 1839 (81 años antes que el selfie de la Byron Company), posiblemente con una caja oscura fabricada por él mismo, en el que sin duda no sería el primer intento en una época en que la fotografía era todavía una técnica incipiente y los procesos para obtener una imagen sobre un soporte físico (daguerrotipo) estaban más cerca de la investigación científica que del acto fotográfico tal y como lo concebimos hoy en día, en cualquiera de sus representaciones.

Pero el caso es, y ahí está la controversia, que la autofoto de Robert Cornelius, a diferencia de la de Joseph Byron y sus coetáneos, no se hizo sosteniendo en mano la misma cámara con el objetivo apuntando a uno mismo, sino que se trata de una imagen obtenida a través del reflejo del fotografiado en un espejo, en la que el pobre Cornelius tuvo que estar impertérrito durante 15 minutos debido al mecanismo y proceso de exposición de una caja oscura de aquella época.

 

Autoretrato de Robert Cornelius

Autorretrato de Robert Cornelius tomado en 1839.

 

Actualmente, tanto la foto de la Byron Company como la de Robert Cornelius, se disputan en Internet el honor de ser el primer selfie de la historia, pero quizás antes de llegar a ninguna conclusión, habría que debatir sobre qué son y qué tienen (o no) en común los conceptos selfie, autofoto y autorretrato, algo que no es tan complicado como parece y que posiblemente depende más de la interpretación de cada palabra en la cultura popular, que de establecer unas diferencias claras que acoten el uso de cada término.

Podríamos decir que tanto una imagen como la otra son autofotos, si nos acogemos al hecho de hacerse una foto a uno mismo. Es más, tampoco habría ninguna duda en que las dos fotografías son también autorretratos, que era sin duda la definición más común entre fotógrafos para describir este tipo de piezas fotográficas hasta que Internet nos hizo tan cool (briefing, branding, smoothie, coaching, feedback, trending topic… camonbeibelaikmayfalla…). Pero… ¿son realmente las dos fotos un selfie?

 

¿Nos hacemos un selfie? Claro que sí wapi.

Si la memoria no me falla, ni de coña hará 10 años que escuché por primera vez este vocablo anglosajón. Al principio no le presté mucha atención, pero sí es verdad que a medida que empezó a extenderse su uso para describir el acto de autofotografiarse con un móvil, la cosa empezó a tocarme un poco las zonas blandas por la base. Toda la vida hablando de ‘autorretrato’ para describir el acto de fotografiarse a uno mismo y de repente lo más top de la modernidad es «¿nos hacemos un selfie?…» «¡claro que sí, wapi!». Incluso me puse en plan reivindicativo y traté de eliminar cualquier tentación de incluir la palabra selfie en mi vocabulario cotidiano, hasta que un día fui yo quién cogió su móvil y dijo «va… nos hacemos un autorretrato» y tras ver la foto resultante me acojoné al ver la cara de los cuatro que tenía tras de mí porque pensé que habían sufrido, todos a la vez, una apoplejía.

Y es desde ese observatorio cotidiano en el que ves como evolucionan los usos y las costumbres de la gente, dónde no es difícil llegar a la conclusión de que un autorretrato es cualquier imagen obtenida o generada de uno mismo, sea con la técnica que sea…

Con el tiempo, uno se vuelve más flexible, sobretodo si antes de cualquier juicio se observa el entorno desde una posición equidistante (¡vaya! otra palabra maldita…). Y es desde ese observatorio cotidiano en el que ves como evolucionan los usos y las costumbres de la gente, dónde no es difícil llegar a la conclusión de que un autorretrato es cualquier imagen obtenida o generada de uno mismo, sea con la técnica que sea, y un selfie tiene la particularidad de, siendo también un autorretrato, haberse obtenido sosteniendo uno mismo el dispositivo fotográfico, bien a mano o bien a través de inventos tan prácticos como un paloselfie, con el objetivo apuntando directamente al autofotografiado.

Y ahora es cuando decís «¡Ya ves tú! ¡Tanta historia para llegar a esto!».

Pues mira tú que la aparente sencillez de esta conclusión todavía revuelve más todo lo que os he contado en lo que llevamos de artículo, porque al final corrobora una de las anécdotas históricas planteadas, pero pone en tela de juicio la otra por no ajustarse correctamente al término. Y es que, si la pregunta planteada en Internet es ¿cuál es el primer selfie de la historia? sin duda alguna, la opción correcta es la de la famosa autofoto de la Byron Company (si no se confirma ninguna imagen anterior con el mismo procedimiento), que es la que encaja con la concepción actual de lo que es un selfie: un autorretrato fotográfico realizado mientras sostiene uno la cámara hacia sí mismo. Por tanto, descartada ya por procedimiento la imagen de Robert Cornelius, al menos a éste le quedaría el honor de poder ser considerado el primer autorretrato de la historia, otra de las atribuciones al respecto que pululan por Internet.

¿Si? ¿Seguro? Veamos…

 

Autoretratos de Rembrandt y Goya

Las meninas de Velázquez

De izquierda a derecha: Autorretrato con gorra y dos cadenas de Rembrandt (1642-1643). Autorretrato de Goya (1815). La Meninas de Velázquez (1656) con el propio Velázquez retratado a la izquierda del cuadro.

 

Pues me parece que el pobre Cornelius tampoco va a ser protagonista y autor del primer autorretrato de la historia, porque de considerarlo así, estaríamos pasando por alto siglos y siglos en los que el autorretrato ha sido un ejercicio plástico al que se ha recurrido con total normalidad desde técnicas artísticas mucho más extendidas y practicadas en el tiempo que la propia fotografía.

Si no fuera por esa tendencia a crear titulares de consumo rápido y esa otra a zamparnos contenidos en Internet a la velocidad de un tuit (la que habrá hecho que más de un@ haya abandonado esta lectura antes del segundo párrafo), todo hubiera sido más justo para Robert Cornelius, que a pesar de que su fotografía no pueda considerarse, en absoluto, el primer autorretrato de la historia, sí que tiene el honor, no menos importante, de ser el artífice del primer autorretrato fotográfico de la historia.

 

El autorretrato, pues…

Pero el autorretrato (y ahora sí vamos al lío) sin duda se diferencia del selfie por otros aspectos de mucho más calado que el mero procedimiento de obtención de la imagen. Y es que el uso del selfie, actualmente, tiene más de moda pasajera y patología del comportamiento y -¿alguien lo duda?- bastante de narcisismo, mientras que el autorretrato, a lo largo de la historia del arte, ha estado siempre vinculado a un discurso creativo y experimental en el que el propio autor, en un acto claramente introspectivo, se (re)descubre o se (re)define a través de la recreación de su propia imagen que, por regla general, se manifiesta con el mismo discurso, estilo y técnica con qué lo hace en el resto de su obra artística.

 

Autoretratos de Van Gogh y Pablo Picasso

Autoretratos de M.C. Escher y Frida Kahlo

De izquierda a derecha: Autorretrato de Van Gogh (1889). Autorretrato de Picasso (1907). Autorretrato con espejo esférico de M.C. Escher (1935). Autorretrato de Frida Kahlo (1940).

 

En mi caso, el autorretrato ha estado siempre presente en mis diferentes etapas fotográficas, desde los primeros en blanco y negro que partían de la curiosidad y la expectación de verse uno a sí mismo ‘desde fuera’, hasta aquellos en que, superada ya cualquier inocencia, han acabado formando parte de mis propios procesos de deconstrucción personal en cada período creativo por el que he pasado. Es en estos últimos dónde la representación de uno mismo está más cerca de la recreación subjetiva, y en algunos casos distorsionada, que de la imagen que te pueda devolver cualquier encontronazo con un espejo. Es más, los menos han sido los autorretratos a través de un reflejo. Los más, sin duda con el sistema más extendido, gracias al mecanismo de disparo programado de cualquier cámara fotográfica o dispositivo de obtención de imágenes, con un temporizador que te permite, tras preparar la escena previamente, situarte dentro de la misma y autofotografiarte.

 

Autoretratos de Bernat Gutiérrez de 1991

La distorsión del hábitat e Hipnótico de Bernat Gutiérrez

De izquierda a derecha: Autorretratos 1 y 2 (1991). La distorsión del hábitat (2003). Hipnótico (2003) © Bernat Gutiérrez.

 

Influencers

Aceptando pues que la foto de Robert Cornelius sea el primer autorretrato fotográfico de la historia, hay que reconocer que la fotografía, desde entonces, ha explorado y explotado este formato como medio expresivo hasta la saciedad. Pero gracias a ello, el uso del autorretrato ha devenido en una eclosión artística que se ha ganado a pulso su propia denominación de origen dentro de la amalgama de corrientes y estilos que pueblan la historia del arte contemporáneo.

El uso del autorretrato ha devenido en una eclosión artística que se ha ganado a pulso su propia denominación de origen dentro de la amalgama de corrientes y estilos que pueblan la historia del arte contemporáneo.

Tenerlos a todos en este artículo es imposible, pero ahí va una breve cosecha de obras fotográficas que por su idiosincrasia forman un buen conjunto de las posibilidades estéticas, técnicas y creativas exploradas a través del autorretrato por algunos de mis fotógrafos fetiche.

Duane Michals, a quien ya dediqué buena parte de mi artículo anterior, Las cosas son raras, tiene algunos de los autorretratos más divertidos y sarcásticos que he visto nunca. Siempre con la sencillez y la naturalidad que caracteriza su estilo fotográfico. Al fin y al cabo, y como ya he comentado en algún párrafo anterior, el estilo y la técnica de cualquier artista se ve reflejada en los autorretratos, casi tanto como la figura del propio autorretratado. En el caso de Michals, las reflexiones de la mayoría de sus obras entroncan con el sentido del humor que aplica a otras, sin despojarlas en ningún caso del discurso filosófico y humano que caracteriza su trayectoria, siempre con ese estilo austero que imprime en todas sus imágenes, tanto en lo técnico como en lo escenográfico.

Self Portrait With Feminine Beard (Autorretrato con barba femenina, 1982) y Self Portrait As If I Were Dead (Autorretrato como si estuviera muerto, 1968) no solo son una divertida muestra de su ingenio sino además tienen la particularidad de que tanto una foto como la otra se han tomado mediante una técnica tan propia de la fotografía como es la doble exposición.

 

Autoretrato con barba femenina de Duane Michals

Self Portrait With Feminine Beard (Autorretrato con barba femenina, 1982). © Duane Michals.

 

Autoretrato como si estuviera muerto de Duane Michals

Self Portrait As If I Were Dead (Autorretrato como si estuviera muerto, 1968). © Duane Michals.

 

Otro ejemplo que vale la pena conocer es el del malogrado fotógrafo estadounidense Robert Mapplethorpe, fallecido en 1989 con tan solo 42 años, y que a pesar de su corta trayectoria, tiene su lugar ganado, sin lugar a dudas, en la reciente historia de la fotografía. Retratista de estudio con un estilo clásico en blanco y negro, también sencillo y sobrio, por su cámara han pasado celebridades como Andy Warhol, Richard Gere, Peter Gabriel, Grace Jones, Sigourney Weaver, Isabella Rossellini o Patti Smith (con quién mantuvo una compleja y profunda relación, más allá de la mutua inspiración artística, hasta el día de su muerte).

Pero sin duda, Robert Mapplethorpe ha pasado a la posteridad por sus controvertidos y explícitos retratos eróticos, para los cuáles no dudó en hacer uso de un lenguaje visual más propio de la pornografía y de elementos propios de la cultura sadomasoquista, convirtiéndose algunas de sus obras en importantes símbolos de la cultura LGTB de los años 70 y 80.  Posiblemente sus fotografías en esta faceta no pasarían el filtro de la insufrible corrección política de hoy en día que todo lo saca de contexto y que no se caracteriza precisamente por ver más allá de un palmo de sus enormes narices.

Los autorretratos de Robert Mapplethorpe son también una extensión de toda su obra fotográfica. La misma sencillez, los mismos esquemas de luz suave y uniforme sobre fondos neutros como único escenario y, por supuesto, la misma capacidad para mostrar a través de ellos, con total transparencia, el alma de uno de los fotógrafos más relevantes de la cultura contemporánea.

 

Autoretratos de Robert Mapplethorpe

Autorretratos. © Robert Mapplethorpe.

 

Otro fotógrafo que ha explorado las posibilidades del autorretrato como medio de expresión artística es el holandés Erwin Olaf. Reconozco que tengo auténtica debilidad por la obra de Olaf, que un día analizaremos detenidamente. Técnicamente sublime en todos los aspectos, con un estilismo tan depurado que sus imágenes parecen como envasados asépticos que repelen cualquier imperfección. Su discurso visual es pionero y ha marcado tendencia que podemos ver reflejada en la obra de otros fotógrafos en activo tan interesantes como Gregory Crewdson o el publicista Jean Yves Lemoigne, así como en el cine, de la mano de uno de los directores actuales con un lenguaje cinematográfico tan estilizado que raya la obsesión; me refiero a Nicolas Winding Refn (Drive, Only God Forgives, El Demonio De Neón).

La imágenes de Erwin Olaf tienen un código claramente publicitario y comercial, carácter que no solo imprime en sus reputadísimos proyectos profesionales para marcas como BMW, Nintendo o Microsoft, sino también en su heterogénea obra personal, que en algunos aspectos recuerda a los esbeltos retratos de Robert Mapplethorpe y también a su faceta más transgresora.

En 1999 fue premiado con el León de Plata en el Festival de Publicidad de Cannes por el trabajo fotográfico realizado para una campaña internacional de la marca textil Diesel y, actualmente, su trabajo puede verse en publicaciones como The Sunday, Elle o The New york Times Magazine.

 

Autoretratos de Erwin Olaf

Autoretratos de Erwin Olaf

Autorretratos realizados entre 1985 y 2015. © Erwin Olaf.

 

Pero no podemos hablar de autorretrato sin pasar por la peculiar obra de la fotógrafa neoyorquina Cindy Sherman, otro tótem de la fotografía moderna cuyas imágenes, mayoritariamente, están protagonizadas por una inabarcable sucesión de versiones de sí misma, a través de las cuales canaliza y plantea algunos de los temas más candentes de la sociedad contemporánea y del papel y la representación de la mujer en ella.

Curiosamente, Sherman no considera sus fotografías como autorretratos ya que, según ella, sus representaciones son personajes con entidad propia. El protagonista no es el autor que, aunque es quien se encarna en la figura representada, es esta, finalmente la que adquiere la capacidad de vehicular un discurso de manera totalmente autónoma.

Las recreaciones de Cindy Sherman son auténticas performances, algunas de ellas tremendamente impactantes y transgresoras, en las que sorprende su capacidad camaleónica para mutar en sus propias caracterizaciones, jugando con códigos visuales propios del cine, el teatro, la publicidad o la pintura clásica, llevando casi al paroxismo los estereotipos femeninos, precisamente, para ponerlos en la picota ante la misma sociedad que los ha creado.

 

Autoretrato de Cindy Sherman

Autoretratos de Cindy Sherman

Autoretrato de Cindy Sherman

Autorretratos. © Cindy Sherman.

 

Más allá de la cuarta pared

Pero si hay algo que me fascina de la fotografía es su capacidad para romper su cuarta pared y sacudir con contundencia la percepción del espectador, poniéndolo en una conjetura sobre la verosimilitud de lo que tiene ante sus ojos.

En 2006, en el programa Cuarto Milenio que por aquel entonces se emitía en la cadena de TV Cuatro se habló del caso del cosmonauta ruso Iván Istochnikov que, según lo expuesto por el presentador Iker Jiménez y el presunto investigador del caso, Gerardo Peláez, desapareció en 1968 en una misión espacial a bordo de la Soyuz 2.

La Guerra Fría y la competición entre Estados Unidos y la URSS por ver quién de las dos superpotencias conquistaba primero el espacio estaba en pleno apogeo, y el fiasco de la misión del cosmonauta Istochnikov era algo que los rusos no podían permitir que se hiciera público.

Tras este estrepitoso fracaso en la carrera espacial de la URSS, los gerifaltes soviéticos decidieron hacer desaparecer cualquier huella de la existencia de Iván Istochnikov y su relación con el programa espacial ruso, llegando incluso a borrar su figura de las fotografías oficiales de aquella época. La Guerra Fría y la competición entre Estados Unidos y la URSS por ver quién de las dos superpotencias conquistaba primero el espacio estaba en pleno apogeo, y el fiasco de la misión del cosmonauta Istochnikov era algo que los rusos no podían permitir que se hiciera público.

Según el programa, el caso se descubre tres décadas después, en una subasta de Nueva York en la que un periodista se hace con material clasificado de la antigua Unión Soviética, entre el cuál se encuentra una fotografía de este supuesto ‘cosmonauta fantasma’.

A partir de estos hechos, Jiménez y Peláez (suenan a personajes de Mortadelo y Filemón) desgranan en el programa, con fotografías y documentación, la verdadera historia del cosmonauta Iván Istochnikov.

Hasta ahí todo bien, si no fuera porque la ‘verdadera historia’ del cosmonauta Iván Istochnikov no era más que el fruto de la imaginación del fotógrafo y analista catalán Joan Fontucuberta, especialista en jugar con la supuesta veracidad de la fotografía, y que en esta ocasión, para más inri, protagonizaba personalmente, encarnando él mismo al malogrado Istochnikov en una sucesión de autorretratos manipulados bajo un formato de fotografía periodística.

 

Ivan Istocknikov. Joan Fontcuberta. Sputnik

Fotografías del proyecto Sputnik (1997). © Joan Fontcuberta.

 

Toda esta ‘mentira’ creada por Joan Fontcuberta formaba parte de la instalación Sputnik que en 1997 expuso en la Fundación Telefónica. Un proyecto performance, compuesto por fotografías, recortes de prensa, supuestos informes y documentación clasificada sobre el caso de Iván Istocknikov (con adaptación al ruso del propio apellido del autor incluida) que el equipo de redacción (e ¿investigación?) de Cuarto Milenio se tragó enterito hasta el rabo.

Hasta hace poco se podía encontrar en Youtube el vídeo del programa en cuestión, pero Mediaset, aludiendo a sus derechos sobre el contenido, ha borrado cualquier rastro de éste, de la misma manera que la URSS borró la historia del cosmonauta fantasma Iván Istocknikov.

 

Ivan Istocknikov. Joan Fontcuberta. Sputnik

Ivan Istocknikov. Joan Fontcuberta. Sputnik

Fotografías del proyecto Sputnik (1997). © Joan Fontcuberta.

 

Bonus Track

Pero no podría cerrar este post sin hablar de un experimento fotográfico, que no solo es un interesante proyecto creativo sino que además abre un debate que bien vale otro artículo sobre la evolución de las técnicas y códigos de la fotografía del siglo XXI. Me refiero al proyecto Diseccionados del fotógrafo valenciano y docente Lalo Martínez, a quién ya hice referencia en mi último artículo cuando os hablaba de mi propia experiencia como estudiante de Imagen y Sonido y el cambio que supuso la llegada de un nuevo profesor que puso patas arriba el programa de estudios.

Diseccionados impacta por la representación que Lalo Martínez realiza de los diferentes estados del emocional humano (rabia, locura, placer, dolor, etc…) a partir de unas imágenes que muestran, únicamente, las caras de los fotografiados como si estas  hubieran sido separadas cuidadosamente del cráneo y estiradas hasta quedar plasmadas, de extremo a extremo, en un único plano bidimensional.

Entre las piezas de Diseccionados hay algunos autorretratos como es el caso de la obra Pánico.

 

Pánico. Diseccionados. Lalo Martínez.

Pánico (2002). © Lalo Martínez.

 

Pero para entender hasta que punto es relevante un ejercicio experimental como Diseccionados para comprobar como la fotografía se está reinventando en esta era digital, hay que conocer cuál ha sido el proceso de obtención de estas imágenes, porque de nuevo estamos ante un caso que implica replantearse algún que otro dogma de fe.

Las «fotografías» de Diseccionados (y ahora es cuando le pongo las comillas)  no han sido obtenidas por ninguna cámara fotográfica sino por un escáner, en un laborioso y complejo proceso de escaneado en el que el Lalo Martínez ha ido volteando las caras de sus modelos (y la suya propia) de lado a lado, en un movimiento de rotación sincronizado con la velocidad de pase del haz luminoso propio del captador de este tipo de dispositivos.

La cámara, en sus diferentes variantes y técnicas hoy en día, ya no es un medio exclusivo para la obtención de imágenes fotográficas.

Y aquí es donde abrimos otro melón sobre la evolución del acto fotográfico. La cámara, en sus diferentes variantes y técnicas hoy en día, ya no es un medio exclusivo para la obtención de imágenes fotográficas. Aquello de pulsar un botón, sea mecánico o digital, da paso a otros procesos surgidos al despojar, mediante la experimentación, a otros dispositivos y artilugios de las funciones lógicas para las que fueron inventados y fabricados.

¿Quién dijo que la televisión mataría a la estrella de la radio?

@bernatgu

 

 


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